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+ Manuel Donoso D. ss.cc. Arzobispo de La Serena. Chile.

“NOSOTROS LOS LEPROSOS”

En el Colegio de los Sagrados Corazones, en el cual estudié, oí hablar por primera vez del P. Damián de Veuster y de su heroísmo. Una vez nos llevaron a ver una película acerca de él (de esto hace unos 60 años). Tenía muchas escenas conmovedoras, pero la que recuerdo más es la escena en que Damián descubre que está leproso al poner sus pies en agua hirviendo y no sentir nada. Y luego viene su predicación dominical: “Nosotros los leprosos”.

Estas palabras las he sentido siempre como la culminación de la cercanía de Damián con sus queridos leprosos. Compartir y cercanía que es la de Jesús, a quién Damián sirvió fielmente. Muchas veces en al Eucaristía, pienso en esa misa en la que Damián anunció su enfermedad. La repetición ministerial de las palabras de Cristo “esto es mi cuerpo entregado, esta es mi sangre derramada” toman en ese momento un realismo sorprendente. La distancia que podía haber entre Damián y los suyos se borra, tal como la Encarnación de Jesús lo hizo para toda la humanidad.

Por eso, San Damián será una luz potente para nuestro mundo de hoy y para la Congregación. Yo lo invoco para que nos ayude a llevar adelante lo que queremos hacer en esta tierras: Ser discípulos-misioneros; pedir la gracia de nuestra conversión personal y pastoral; acercarnos a un mundo que sufre y que necesita cercanía, acogida y comprensión; ir donde los alejados con esperanza; creer y crecer en la opción por los pobres, comprendiendo de manera definitiva que “el encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo” (Aparecida, 257)

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Padre Ángel García. Presidente y Fundador Asociación Mensajeros de la Paz

“Mi” Padre Damián.

De niño, el Padre Damián era para mí, como para muchos compañeros de seminario, una especie de héroe. Su imagen era inconfundible: vestido de blanco, rodeado de enfermos, y entre palmeras, como se identificaba entonces, en aquella posguerra asturiana, a los lugares remotos; y ningún lugar sonaba tan remoto como Molokai. En el breviario tuve durante muchos años una estampa suya en la que aparecía arrodillado ante dos leprosos moribundos, con el Crucifijo en una mano y con la esponja para lavarles en la otra. A él me encomendé muchas veces, convirtiéndole en una especie de confidente, de guía virtual, como dirían los jóvenes de hoy. El Padre Damián era para nosotros, más que un apóstol, un aventurero de la Fe, en su más noble sentido de la palabra, y creo que por eso nos atraía tanto. Especialmente a mí. Sin ninguna duda, y tal vez sin darme cuanta, el ejemplo del Padre Veuster me ha acompañado toda la vida. Me ha acompañado su modo de entender su consagración a Dios a través de la entrega a los hombres, su forma de vivir la Fe a través de la caridad, su manera de encontrar a Dios en los más débiles, en los más pobres, en los marginados; eso de la estampa, el crucifijo en una mano, y la esponja en la otra. En unos meses subirá a los altares un hombre que a través de su ejemplo, y en todo momento me recuerda lo mejor de la Iglesia, lo que de ella me gusta, lo que en ella de verdad merece la pena, lo que la hace buena y justa. En alguna ocasión, cuando he emprendido algún viaje humanitario a zonas de conflicto, de esas consideradas peligrosas, políticos, funcionarios, o incluso o personas cercanas me han desaconsejado ir, diciendo que no era prudente, que había mucho riesgo. Entonces yo pienso en esa “Santa Imprudencia” de quienes son, como el Padre Damián, pioneros del amor: los primeros jesuitas, Don Bosco, la Madre Teresa, Vicente Ferrer… Ellos descubrieron la verdadera esencia del ser humano: “querer y dejarse querer”; ellos encarnaron la verdadera esencia del mensaje de Jesús, “amar como Él nos amó”. Que el ejemplo del Padre Damián nos ilumine siempre, y su fuerza nos anime a no dejarnos arrastrar por la “cobarde prudencia” de los descreídos.

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+ Obispo Nicolás Castellanos, misionero en Bolivia y Premio Príncipe de Asturias de la Concordia

¿QUÉ ME SUGIERE LA FIGURA DEL P. DAMIAN?

Me sugiere VIVENCIA, UN MENSAJE Y UNA EVOCACION.

El apóstol de los leprosos nos cautivó a los niños y jóvenes de la mitad del siglo XX de España. Aquel film “MOLOKAI” levantó pasiones y heroísmos misioneros.

Hacer memoria y lectura creyente del P. Damián, en medio de esta sociedad plural, completa y diversa, es proclamar el mensaje actual de un profeta. Son profetas los que proclaman, anuncian y practican los valores del Reino: la justicia, la libertad, la fraternidad y otro muy importante y significativo, que no siempre se tiene en cuenta: LA CAPACIDAD DE COMPASIÓN. Éste fue el mensaje radicalmente evangélico de DAMIÁN MOLOKAI.

El profeta de la compasión: Su opción absoluta por los leprosos, tan excluidos como en tiempo de Jesús. Gesto y voz profética, que hoy nos recuerda el Espíritu Santo, como clave de la evangelización. Albert Camus, en la “Peste”, sugería que el camino que había que escoger para llegar a la paz era la COMPASIÓN. Y para el teólogo alemán J. B. Metz, “la compasión que busca la justicia, es la palabra clave para el programa universal del Cristinianismo en la era de la globalización”. “El leproso voluntario”, ciego, inválido, totalmente deformado, encarna maravillosamente el profeta de la Compasión, que necesita la Iglesia de hoy, nostálgica, entristecida y sin alegría.

Y una evocación, Damián Molokai, M. Ghandi y Martín Luther King son tres paradigmas en el camino de la interculturalidad e intereligiosidad.

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+ Juan del Río Martín, Arzobispo Castrense de España y miembro de la Ejecutiva de la Conferencia Episcopal

La devoción al P. Damián de Molokai es algo que me viene de familia. Después de la muerte de mi madre, entre sus papeles encontramos un vieja estampa del “apóstol de los leprosos” que ella conservó y a quien siempre atribuyó la curación de una grave enfermedad de una hermana mía cuando era pequeña. La misma biografía de este religioso de los Sagrados Corazones supuso en mi adolescencia y juventud y un gran estímulo para mi entrada en el Seminario.

Ahora, pasado los años, y próxima su Canonización su figura se agiganta, porque en tiempos de tanta turbación, confusión y dispersión, su ejemplo nos sitúa en lo esencial para todo cristiano y muchos más para aquellos consagrados por el Reino de los cielos: Amor a Dios sobre toda las cosas, celo apostólico por la salvación de las almas y esperanza en la vida eterna como única recompensa a la total entrega de nuestras vidas.

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