El domingo, 18 de abril, en la solemne eucaristía celebrada en Valladolid, tuvo lugar la beatificación del P. Hoyos SJ, en la Plaza de Colón y Acera de Recoletos. Presidió la ceremonia Mons. Angelo Amato, Prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en calidad de legado del Papa Benedicto XVI.
En su homilía, Mons. Amato hizo referencia a varios santos sacerdotes, entre ellos, San Damián de Veuster.
¿Qué significado tiene hoy la beatificación del Padre Bernardo Francisco de Hoyos?
La respuesta es múltiple. A nuestro parecer, tal acontecimiento eclesial es sobre todo un preclaro testimonio de la presencia en la Iglesia de sacerdotes santos. En este año sacerdotal, nuestro Beato dice a todos los sacerdotes del mundo una palabra de estímulo para vivir con alegría la sublime misión del anuncio del Evangelio, según el ejemplo de san Ignacio de Loyola, del Santo Cura de Ars, de san Juan Bosco, de san Damián de Veuster, el héroe de los leprosos de Molokai, de san Pío de Pietrelcina.
En segundo lugar, como religioso, exhorta a sus hermanos, y también a todos los consagrados y consagradas del mundo, a vivir una existencia virtuosa, que sólo es posible como fruto de la gracia, que proviene de los sacramentos de la reconciliación y de la Eucaristía. Es posible superar la fragilidad humana y vivir en gracia sólo si permanecemos estrechamente unidos al Corazón de Cristo y a su perdón y misericordia. No hay atajos ni caminos fáciles. Sin la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús no se puede vivir la santidad.
Por otra parte, Bernardo de Hoyos, muerto cuando apenas contaba veinticuatro años, pocos meses después de haber sido ordenado sacerdote, es una invitación a los jóvenes cristianos a permanecer firmes en sus buenos propósitos y es también un empuje para aquellos jóvenes que sienten que el Señor les llama a dar una respuesta generosa y definitiva.
A todos los fieles, además, el beato Bernardo nos ofrece un extraordinario mensaje de bondad y caridad. Él es un rayo del rostro Pascual del Cristo Resucitado. Él nos invita a confiar en el Corazón de Jesús, para obtener en ese copioso manantial el amor que debe animar nuestra vida de familia, nuestra vida social y nuestro trabajo.
Por último, el beato Bernardo recuerda que todos los bautizados estamos llamados a la santidad. La vocación de los discípulos, de hecho, es la santidad. «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». (Mt 5,48). Nuestro Beato nos exhorta a vivir «como conviene a los santos» (Ef 5,3). La santidad no debe ser exclusiva de los sacerdotes ni de los consagrados. Todos los cristianos estamos llamados a la plenitud del amor. La santidad de los laicos es hoy más necesaria que nunca para promover un estilo de vida más humano y para introducir en la sociedad terrena aquellas virtudes evangélicas que favorecen el bien y la verdad.